El juego de la muerte


Tengo la vida de aquel hombre en mis manos.

 

Solamente pulsar el botón, y una mortal descarga de 450 voltios mataría al ya moribundo ser humano al otro lado de la pared.

– “Continúe, por favor.”- dice el odioso experimentador a mi lado.

El dedo encima del botón. Parece mentira que algo tan diminuto pudiera ser así de fatal… Tan fácil como presionarlo, y la vida acaba. Pero no, no es tan fácil. No existen fuerzas para pulsarlo.

– “El experimento requiere que usted continúe.”- vuelve a decirme el experimentador, con el mismo tono de autoridad de antes.

No puedo. Es una vida humana. No puedo. Me giro para mirar al experimentador, para intentar parar esta locura. Quiero decir “no”, pero no se articula la palabra ante su cara impasible.

– “Es absolutamente esencial que usted continúe”. – no hay ni un ápice de inflexión en su voz. Me está ordenando matar. Me ordena que apriete el botón. Pero con un tono inflexible, que me llena de dudas. ¿De verdad estoy matando a alguien? Pero los gritos son reales. Los oigo.

–  “Pero es el último. Va a morir.” – consigo articular, con el cerebro funcionando endiabladamente, buscando cualquier forma de salir de esa situación.

– “Usted no tiene opción alguna. Debe continuar.” – su impasibilidad inhumana destroza mis esperanzas de salir. Miro el botón bajo mi dedo. No puedo. No debo. Si debo. El corazón a mil por hora. La habitación es una trampa asfixiante de la que no puedo escapar. La vida y la muerte se desdibujan ante mí. Me preparo para actuar. Para romper con todo lo que he pensado desde que entré en la sala, y…

Pincha en “leer más” para conocer el escalofriante experimento de Stanley Milgram; el experimento que posteriormente se conocería como el Juego de la Muerte:

 

Casi todas las historias empiezan por un personaje increíble. El protagonista de nuestra historia de hoy es Stanley Milgram. Un psicólogo judío que sufrió dentro de su familia las consecuencias del nazismo, que tuvo que huir a Estados Unidos debido a la llegada de Hitler al poder. Pero pese a esto, se podría considerar que su trabajo justifica o por lo menos explica parte de las atrocidades cometidas durante el Nacional Socialismo.

La vida de este personaje sale detalladamente documentada en la obra del sociólogo Thomas Blass, “The man who shocked the world: The life and legacy of Stanley Milgram“. En esta biografía, advertimos que Stanley Milgram desde pequeño ya prometía ser todo un prodigio. En prescolar, asombró a sus profesores recitando de memoria buena parte de la historia y pensamiento del presidente estadounidense Lincoln, habiendo oído a su hermana la noche anterior contándole a su madre lo que había estado estudiando sobre dicho presidente.

En su infancia, se dedicó a hacer travesuras junto con su hermano, haciendo creer a vecinos que tenía poderes mentales, y creando alborotos con un juego de química que le regalaron. Pero demostró ser un estudiante impecable, y terminó sus estudios escolares antes de lo usual, atendiendo a clases en verano. Pasada su época escolar, estudió ciencias políticas en Queens College, aunque su tendencia era hacia la sociología. O más concretamente, a la aplicación del método científico a esta disciplina. Y fue rechazado en primera instancia en un posgrado de sociología al que quería acceder, debido a no tener base. Pero una vez más, asistió a clases intensivas el verano de ese mismo año, que le dio esa base para poder empezar este posgrado en 1954.

Aquí es donde se encuentran las dos influencias principales para el trabajo que le convertiría en uno de los sociólogos más famosos de la historia. Tras este posgrado (1960), trabajó como asistente de un sociólogo llamado Solomon Asch. Asch realizaba experimentos sobre la conformidad del ser humano. Su objetivo era ver qué nación era la más “conformista”, más obediente a las órdenes de un superior. Pero Milgram quiso llevarlo más allá. En esta época, las heridas de la segunda Guerra Mundial seguían frescas. Y por su ascendencia judía, Milgram siempre se sintió sensible con respecto a los horrores que sufrió su pueblo. Así que quiso llevar los experimentos de su mentor un paso más allá.

Pero su intención no era condenar el nazismo. Era más bien luchar contra todo el odio producto de las atrocidades durante esta oscura época. Milgram se negaba a creer que en la Alemania fascista existieran tantas personas que odiaran a su gente, y que apoyaran las barbaridades que habían sucedido. Así que ideó una teoría. La teoría de que la capacidad de decisión se ve mermada y hasta anulada cuando desplazamos nuestra responsabilidad hacia nuestros superiores. Que nuestra percepción del bien y del mal puede reducirse cuando aceptamos el obedecer órdenes, y que nuestro superior puede decidir por nosotros lo que es o no “aceptable”. Y con esta teoría, ideó los experimentos sobre la obediencia. Experimentos que hoy en día se conocen como “El juego de la muerte”.

El experimento consistía en lo siguiente:

  • Se precisaba de tres participantes. El “experimentador”, al que llamaremos así (este es Milgram o alguno de sus ayudantes), el sujeto sobre el que se realiza el experimento, al que llamaremos “maestro”, y un actor, que llamaremos “alumno”, que posteriormente veremos que finge ser otro sujeto del experimento.
  • Se publicaba un anuncio en el periódico, donde se decía que se pagaría el equivalente a algo más de 20 euros por participar en un experimento de “la memoria y el aprendizaje. A los participantes se les haría pasar de uno en uno junto con un actor, que fingiría ser otro participante, y se les explicaría a ambos que van a realizar un estudio de la influencia del castigo sobre el aprendizaje.
  • Se les diría que cogieran de una caja un papel para decidir el rol en el experimento. En ambos papeles, pone la palabra “maestro”, pero el actor fingiría leer “alumno”.
  • Se les explica que el “maestro” debe de leer en alto una serie de palabras para que el “alumno” las memorice. Después, el “alumno” debería responder a las preguntas del “maestro” sobre estas palabras y su orden.
  • Se anunciará que con cada error del “alumno”, se les administrará una descarga eléctrica que irá aumentando desde los 15 voltios, hasta los 450. Se debe aclarar que no existen daños duraderos con estas descargas, aunque si se aplica la descarga máxima, hay un 25% de probabilidades de que el “alumno” sufra un paro cardíaco. Y se le aplicará a ambos sujetos una descarga de 45 voltios, para que el “maestro” tenga una noción del dolor que pueden aplicar. Si el maestro desea continuar después de esto (el “alumno” por supuesto dará su consentimiento), se procederá con el experimento.
  • En el experimento, el “alumno” y el maestro estarían en habitaciones separadas por un tabique donde se podría oír la voz del “alumno”, y el “experimentador” se pondría tras el “maestro”, para darle instrucciones. El “alumno” fallaría deliberadamente las preguntas para que el “maestro” subiera el voltaje sin sospechar del engaño, y fingiría sufrir las descargas al fallar. El experimento solo acabaría cuando el “maestro” se negase a continuar, o cuando aplicase el voltaje máximo. Y si se resistiese a continuar, el “experimentador” debería presionarle con las siguientes frases:
    • Continúe, por favor.
    • El experimento requiere que usted continúe.
    • Es absolutamente esencial que usted continúe.
    • Usted no tiene opción alguna. Debe continuar.

Y ahora la pregunta clave: ¿Cuántas personas “mataban” al alumno? ¿Qué porcentaje apretaba a conciencia el botón del voltaje mortal?

Un 65% de las personas, según las condiciones que se han descrito antes. Dos de cada tres personas. Terrible

Cabe destacar que, si varías las condiciones, ese porcentaje varía. Cuando el alumno estaba dentro de la misma habitación, solo llegaban al final un 30%. Por contra, si el alumno no gritaba o hacía ninguna comunicación más allá de dar respuestas (acertadas o incorrectas), el ratio ascendía a cerca del 90%.

Una parte significativa de personas hace lo que se les dice que hagan, independientemente del contenido del acto, y sin remordimientos de conciencia, siempre que perciban que la orden proviene de una autoridad legítima“, dijo Milgram al explicar los resultados de su experimento.

Por supuesto, los resultados de estos experimentos causaron una revolución tanto en el mundo de la psicología y sociología experimental, como a nivel global. Muchos experimentos resultaron estar contaminados por lo que Milgram llamó el “estado agéntico”, que no es sino la influencia de la autoridad en nuestras decisiones.

Además, llevó a cabo su objetivo. Gracias a este experimento, se demostró que las personas que llevaban a cabo las atrocidades que les eran ordenadas no eran plenamente dueños de sí mismo. Los máximos responsables serían aquellos que haciendo uso de la autoridad que se les ha otorgado, ordenador cometer acciones en contra de la humanidad. Las masacres a manos de los nazis y los soviéticos no indican un pueblo inhumano, sino solo unos dirigentes perversos.

El experimento de Milgram tuvo muchísimos detractores. La sola idea de que una cadena de mando, elemento básico de muchas organizaciones, pueda eliminar parte de la humanidad en las acciones de las personas llegó a crear mucho rechazo.

No obstante, Milgram no veía que su experimento pudiera demostrar una menor moralidad de la naturaleza humana. Así respondió ante las preguntas que le hacían a este respecto:

Comencé [el experimento] con la creencia de que cada persona que venía al laboratorio era libre de aceptar o rechazar los mandatos de la autoridad. Este punto de vista sostiene una concepción de la dignidad humana según la cual ve cada hombre la capacidad de elegir su propio comportamiento. Y como resultó, muchos sujetos rechazaron las órdenes del experimentador, proporcionando una poderosa afirmación de los ideales humanos. […] Mi sensación es que, visto en el contexto total de los valores atendidos por el experimento, se siguió aproximadamente el proceso correcto. […] El psicólogo de laboratorio percibe que su trabajo conducirá al mejoramiento humano, no solo porque el conocimiento es más digno que la ignorancia, sino porque el nuevo conocimiento está repleto de consecuencias humanas.

También se defendió ante los que le pedían responsabilidad por las personas afectadas por ser sujetos del experimento. Después de terminar y de revelarles el objetivo real, se les preguntó por cómo se sentían. Sorprendentemente, el 84% afirmaba estar contento de haber realizado el experimento, y que había aprendido más sorbe sí mismo. Y muchos de ellos acudieron a Milgram con posterioridad para participar en más experimentos, o pedirle ayuda con temas socio-psicológicos. Muy pocos de ellos en realidad se sintieron indiferentes o mal tras el experimento. Si bien, se acabó demostrando que algunos salieron del mismo sin ser del todo desengañados.

Hoy día, el “estado agéntico” no solo es un dato a tener en cuenta en los experimentos socio-psicológicos, sino que su popularidad ha llegado a la televisión. Por ejemplo, en 2010 se emitió un famoso documental en la cadena televisiva francesa France 2, llamado “Le jeu de la mort” (El juego de la muerte). En él, se repetía el experimento de Milgram, pero bajo un entorno que, en vez de simular un experimento de aprendizaje, usaba la excusa de un nuevo programa de televisión. Se añade a un presentador de televisión que representa la autoridad un atronador rugido proveniente de un entusiasmado público, que te pide que aprietes ese último botón.

¿Qué te ha parecido el experimento? ¿Crees que serías capaz de detener el experimento? Puedes contarnos tus impresiones, o proponernos que hablemos de cualquier tema que te interese, comentando en este artículo (no es necesario poner los datos que te piden).

Gracias por todo una vez más. Un saludo, melocotoneros,

Mike Wasos

 

Imágenes de:

Gizmodo; el blog insostenible; CORPORACION PHANTOM MEXICO; The Situationist – WordPress.com; Moti Nissani’s Webpage; Etikya; Psychology Unlocked; Medium; Psych Your Mind;

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