Microrrelato: Penumbra


Vivo en una casa de una sola habitación. La fachada es magnífica, esculpida en piedra por un artesano efusivo, gárgolas guardando la entrada y unos ventanales enormes en el techo para observar las estrellas. El interior está decorado por largas estanterías de libros, muebles de madera de roble y sedosas cortinas que enmarcan el paisaje. Viejas fotografías cuelgan de una única pared desnuda.

Antaño la casa fue mayor en tamaño. Estaba llena de vida. Sus largos pasillos han visto el correr de niños y los sueños, encerrados en estrellas fugaces, de adultos. En su primera etapa, de hecho, la casa se parecía más a una mansión, a pesar de las pocas habitaciones. Llena de colores resplandecientes y siempre guardiana de nuevos secretos por explorar. Pero nada pudo compararse al día en el que aparecieron las nuevas habitaciones.


De la nada nuevos cuartos aparecieron, diferentes a todos los que había conocido, pues poseían cerrojos. Al principio me aproximé con cautela y descubrí con asombro que estaban ocupadas. Suaves y alegres palabras salían de su interior. ¡Habían llegado nuevas personas! El tiempo pasó y un día las llaves empezaron a aparecer en mis manos.

Crecimos. La casa cambió con nosotros. Los largos pasillos fueron destinados a la diversión más primordial y el hall se convirtió en un lugar de tránsitos frecuentes para recibir a nuevos invitados. Las antiguas habitaciones que compartíamos pronto se convirtieron en otras nuevas individuales que crecían en tamaño cada día.

Un día apareció esa habitación. Era ordinaria para los demás, pero apenas me detuve para observar juraría haber visto el resplandor del Sol. Pronto entendí que no era aquel cuarto, y que lo que había supuesto como luz cegadora era mucho más.

Durante un tiempo viví de aquella luz. Mi habitación cambió y no paró de moverse en su dirección, buscándola. Con el paso de los meses comencé a irradiar también esa misma luminiscencia, más tenue al principio, pero en poco tiempo deslumbrante como el corazón de una supernova. Pronto solo hubo una luz.

Desapareció. Puedo sentir la casa, pero no la puedo ver. Ha vuelto a cambiar y donde antes estaba la habitación ahora solo hay un enorme agujero en el que he caído durante días. No sé cuantos. El tiempo pasa lentamente allí.

Cuando desperté había recuperado la visión, pero con horror descubrí que muchas habitaciones no estaban. Corrí por la casa en busca de nuevos pasillos, pero éstos parecían haberse desvanecido para siempre. Apenas quedan las habitaciones más viejas al final de un estrecho corredor.

El tiempo pasó y aparecieron nuevas habitaciones. Distintas. Sus inquilinos eran personas poco comunes. Algunos con grandes ventanales, otras con una gran estufa, e incluso alguna llena de papeles revueltos y enormes pizarras. La casa volvió a sentirse viva. Yo con ella.

Hoy ha desaparecido la habitación más antigua de todas. Era una habitación imponente, con vistas a las montañas, un vestidor y una cama grande, para varias personas. Todos estos años había pasado por allí una o dos veces al día para saludar a los inquilinos, y ahora no está. Y sé que no volverá.

Al poco aparecieron las sombras. Al principio tenues vagabundas, pero pronto comenzaron a hacerse más palpables, más físicas. Sus susurros hirientes se volvieron el día a día. Sus garras semi-corpóreas me arañaban al pasar, llevándose fragmentos de mí. Pronto mi cuerpo dejó de ser reconocible, la casa misma se volvió oscuridad y los inquilinos tuvieron que empezar a utilizar velas para navegar a través de sus pasillos.

En poco tiempo los inquilinos cerraron sus puertas y dejaron de pasear por la casa. Las sombras se han convertido en demonios que aúllan y gritan cosas que me llenan de temor y desesperación. No queda nada.

Ya no me atrevo a salir al pasillo. Las sombras se han hecho fuertes y ahora golpean con enorme fuerza la puerta mi habitación. Sus gritos se han convertido en desgarradores. Me quieren a mí.

Con cada golpe la puerta cede un poco, pero apenas me doy cuenta. Una parte de mí incluso tiene ganas de abrirla porque al mirar al espejo ya me veo como uno de ellos.

¿Hay alguien gritando fuera? Una nota pasa por debajo de mi puerta. “No puede ser”, pienso. “¿Quién queda para enviar una nota?”. Al desdoblarla con cautela solo aparece un mensaje: “Estamos aquí, contigo. Y tu luz aún no se ha apagado”.

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