Los fusilamientos del 3 de mayo


Carga_de_los_mamelucos_restauradoUn lector del blog nos ha dejado un texto que él mismo ha realizado. No se trata de un texto cualquiera. Es, en realidad, un presente. Nos regala el poder revivir un momento en el tiempo que marcó para siempre la historia de España. El obsequio de este lector habla de una guerra, donde se lucha por un ideal. Una revuelta en contra de represión, la fuerza bruta y la injusticia. Una batalla por proteger nuestra libertad. No importa lo probable que sea el error. Lo que verdaderamente importa, es que tengamos la oportunidad de poder equivocarnos. Pero el precio por poder elegir muchas veces se paga en sangre.

Ya está, todo ha acabado. La revolución había fracasado, y aquí estoy yo, a punto de morir. A veces creo que esta vida es injusta. Veo el temor de mis compañeros, mis amigos, mis hermanos. Están a mi lado, como siempre, y yo al suyo. Las caras de todos denotan terror, pero creo que yo también tengo esa misma expresión… Un sollozo al otro lado de la calle, un grito, un disparo. Siempre es igual.

Mi madre me dijo en su día que, cuando me muriera, vería la vida pasar por delante de mis ojos, y sentiría que algo bueno y puro me llevaba en sus brazos. Pero yo sé que eso no va a ser así, o al menos no me lo merezco. He hecho cosas de las que no estoy orgulloso, y justamente es ahora cuando más las siento.

Levantan los fusiles, y leo en sus ojos que ellos tampoco quieren hacerlo. A algunos les tiembla el pulso, otros no llegan a apuntarnos siquiera. Pero, como dije antes, siempre es igual. Un sollozo, un grito, un disparo.

El corro de gente a nuestro alrededor, al ver de qué va la cosa, de dispersa, con la expresión de: “otro fusilamiento más”. Para mí no es otro fusilamiento más. Giro ligeramente la cabeza para ver a mis compañeros. Algunos ya están en el suelo, pálidos e inertes. Otros tienen esa expresión grabada en la cara, esa expresión que te insta a hacer algo por ellos. Y eso es justamente lo que pienso hacer.

Levanto los brazos, y me sitúo delante de ellos. Uno de los guardias me grita algo, pero no alcanzo a comprenderlo. Me niego a apartarme. El guardia vuelve a gritar algo más, pero esta vez dirigido a los demás guardias. Ha llegado la hora. Inspiro profundamente, expiro. Puede que lo que estoy haciendo no sirva para nada, pero me da igual. Inspiro, expiro. Cierro los ojos. Ya empiezo a sentir aquella sensación de la que me habló mi madre. Inspiro, y expiro.

Un sollozo. Un grito. Un disparo.

Y después, nada.

fusilamientos del tres de Mayo

Los fusilamientos del 3 de Mayo
Goya

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